5 de julio - Tarso
6 de julio - Capadocia
7 de julio - Konya
8 de julio - Pamukale, Hierápolis
9 de julio - Éfeso
10 de julio - Éfeso, casa de María
11 de julio - Estambul I
12 de julio - Estambul II

Segundo Concilio de Constantinopla (553)

El concilio duró casi un mes, desde el 5 de mayo al 2 de junio del año 553, y tuvo ocho sesiones. Ciento sesenta y ocho obispos reunidos en la gran sala de santa Sofía en Constantinopla. De ellos, sólo once eran latinos. Estaban presentes los patriarcas Eutiquio de Constantinopla, Apolinar de Alejandría, Domnus de Antioquía. Eustoquio de Jerusalén estuvo representado por sus tres sufragáneos. El Papa se encontraba en Constantinopla, pero no participó en las reuniones, porque no quería sumarse a la condena póstuma de las personas. No asistieron al concilio ni el emperador ni sus representantes, dejando a un lado la praxis de los concilios precedentes.

La sesión de apertura del 5 de mayo fue dedicada a la lectura de una carta del emperador, en la que, tras una sumaria crónica de los hechos, señalaba el motivo principal de la convocatoria de la asamblea: la condena de los Tres Capítulos. Era éste un último intento de llegar a un acuerdo con los monofisitas (herejes surgidos tras el Concilio de Calcedonia del 451 que sostenían que Cristo sólo tenía una única naturaleza, la divina) llevado a cabo por el emperador Justiniano con la controvertida condena póstuma de Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa. En la cuarta sesión, del 12 de mayo, se comenzó el análisis de la doctrina de Teodoro de Mopsuestia. Se habían recogido setenta y un pasajes, tomados de sus obras y susceptibles de ser interpretados en sentido erróneo. Después de la lectura de la cita vigésima séptima, en la que Teodoro habla de la inhabitación de la Divinidad en el hombre, los obispos emitieron su condena en alta voz. El 24 de mayo, el papa Vigilio dio a conocer su primer Constitutum, en el que, considerando erróneas las doctrinas de los tres personajes culpados, no extendía su condena a las personas. Este documento no fue aceptado por el emperador. La séptima sesión del concilio, la del 26 de mayo, se dedicó a la valoración de la actitud del papa Vigilio y de sus titubeos en la cuestión de los Tres Capítulos. Justiniano hizo pública su decisión de borrar de los dípticos el nombre de Vigilio y de romper sus relaciones no con la sede de Roma, sino con el que se sentaba en esa sede. Los obispos se le unieron. La octava y última sesión se celebró el 2 de junio y se concluyó con la aprobación de un decreto conciliar de condena de los Tres Capítulos. El 8 de diciembre del año 553 se adhirió también a esta condena el papa Virgilio.

Tercer Concilio de Constantinopla (690-681)

Convocado por Constantino IV, con la adhesión del papa Agatón, el concilio duró desde el 7 de noviembre del año 680 al 16 de septiembre del 681 y se desarrolló en 18 sesiones, dedicadas a la condena del monotelismo (herejía que defendía una única voluntad en Cristo en lugar de las ortodoxas dos voluntades: humana y divina) y de sus sostenedores, y a la elaboración de una fórmula de fe. El resultado fue una definición calcada de la calcedonense. La introducción del hóros (definición) subraya la continuidad del sexto concilio con los anteriores; repite el símbolo niceno y constantinopolitano y nombra a los que son causantes de esta intervención solemne. Se denuncia así la herejía monotelita que estropea la “perfección de la encarnación”, introduciendo funestamente “una carne sin voluntad y sin operación propia, aunque dotada de vida intelectual”.

La segunda parte del hóros contiene la afirmación de las dos voluntades naturales de Cristo, subrayando a la vez la distinción y la armonía: “Igualmente, siguiendo la enseñanza de los santos padres, proclamamos que hay dos voluntades naturales y dos operaciones naturales sin división, sin cambio, sin partición sin confusión. Y las dos voluntades naturales no son opuestas entre sí -¡no suceda!-, como han dicho los impíos herejes, sino que su voluntad humana sigue, y no contradice ni obstaculiza, sino más bien está sometida a la voluntad divina y omnipotente.” En resumen, la nueva definición, conectando explícitamente con Calcedonia e implícitamente con el concilio lateranense del año 649 (sobre todo con los cánones 10 y 11) y con la doctrina de san Máximo Confesor, afirma que las voluntades y las operaciones de Cristo derivan de la naturaleza; en Cristo hay dos naturalezas, luego hay dos voluntades y dos operaciones. La existencia de las dos voluntades, además, no significa oposición o desacuerdo. Éstas –como las naturalezas de donde brotan- están unidas, pero no confundidas; son distintas, pero no separadas. En consecuencia, la voluntad humana se ajusta libremente a la voluntad divina.

(Angelo Amato, Jesús es el Señor, p. 280-1.298-300)





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