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6 de julio - Capadocia
7 de julio - Konya
8 de julio - Pamukale, Hierápolis
9 de julio - Éfeso
10 de julio - Éfeso, casa de María
11 de julio - Estambul I
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Arquitectura Bizantina Paleocristiana

La arquitectura bizantina refleja mejor que ningún otro elemento el contraste y la síntesis propios de Constantinopla. Y esta especie de paradoja se advierte de un modo específico en la basílica bizantina que constituye sin duda la plenitud de la arquitectura paleocristiana: Santa Sofía.
La originalidad de las basílicas de Constantinopla radica en estos cuatro elementos fundamentales: 1. Espacio simultáneamente longitudinal y central, que en Santa Sofía, pese a ser más larga que ancha, da la impresión de formar una planta cuadrangular; 2. Inserción de la cúpula, que suele ser la parte más vistosa de las basílicas; 3. Función peculiar de la exedra (fila de bancos con el respaldo apoyado en la curvatura de un muro semicircular); 4. Calado o perforación de los muros que dan al conjunto una gran luminosidad.
El propio Constantino construyó tres importantes basílicas en Constantinopla: la primitiva Santa Sofía (Santa Sabiduría), que ha desaparecido bajo la estructura de la actual; la de los Santos Apóstoles, que estuvo dedicada a enterramiento de los emperadores y estaba cubierta por varias cúpulas; y la de Santa Irene, que fue periódicamente destruida y reedificada (532 y 740); de la basílica del Monasterio de Studios, consagrada en el año 463, no quedan nada más que algunas ruinas. El emperador Justiniano construyó la Basílica de los Santos Sergio y Baco entre 526 y 537; y la de los Santos Apóstoles entre 527 y 555; pero su obra cumbre fue la basílica de Santa Sofía.
El día 11 de junio del año 532, asistiendo el emperador Justiniano, estallaron algunos altercados en el hipódromo de Constantinopla entre los equipos deportivos de los Verdes y los Azules, que poco a poco degeneraron en un verdadera rebelión, que ha pasado a la historia con el apelativo de Rebelión Niká, contra el propio Justiniano; y a punto estuvo de costarle el trono; fueron incendiados los palacios imperiales; y el incendio, alimentado por un fuerte viento, arrasó una cuarta parte de la capital, que contaba ya con un millón de habitantes. Parece que se repetía en la Nueva Roma lo acaecido en tiempos de Nerón en la Vieja Roma. También en esta ocasión, el incendio fue anegado en sangre, en una masacre llevada a cabo por el general Belisario que costó la vida a más de 50.000 personas.
También Justiniano puso de inmediato manos a la reconstrucción de la capital del Imperio, confiándola al arquitecto Antemio de Tralles y al ingeniero Isidoro de Mileto. Ellos se encargaron de un modo especial de la construcción en la zona incendiada de una basílica que debería ser el centro místico y doctrinal de todo el Imperio bizantino; esta basílica refleja como ninguna otra la gloria del Imperio de Justiniano; constituía el corazón del Imperio y el símbolo más eficaz de la unión existente entre el Estado y la Iglesia. Fue consagrada a la Santa Sabiduría el día de Navidad del año 537; apenas en cinco años se había levantado la basílica más grande de la cristiandad.
Se cuenta que, en un alarde de refinada vanidad cristiana, Justiniano, comparando su basílica con el templo de Jerusalén, habría exclamado el día de su consagración: “Salomón, yo te he superado”.
En la planta de Santa Sofía coexisten una disposición longitudinal y una disposición centralizada, de modo que la inmensa cúpula, centro de toda la estructura que da sentido y cohesión a todas sus partes, está prodigiosamente colocada sobre un anillo de luz de 40 ventanas. Se abren también ventanales innumerables en los muros y en las bóvedas. Todo el edificio está sumergido en un baño de luz. Por eso se ha podido decir que el verdadero arquitecto de Santa Sofía es la luz, que, desde los muros salpicados de puntos de luz, va creciendo hacia arriba, inundando los espacios de una luminosidad difusa, centelleante, iridiscente.
El edificio parece flotar en la luz y deslumbrarse a sí mismo en la superficie de los mármoles, suavemente coloreados a través de las finas láminas de alabastro de los ventanales. La cúpula causa la sensación de que flota entre un cúmulo de luces entrecruzadas. Un contemporáneo de Justiniano, Procopio de Cesarea, dijo que la cúpula no parece apoyarse sobre una base firme, sino que parece cubrir el espacio como si estuviera suspendida del cielo por un hilo de oro.
Esta maravilla del arte paleocristiano bizantino, después de la conquista de Constantinopla por los turcos, fue convertida en mezquita.
(J. Álvarez, Arqueología cristiana, p.136-8.)



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