5 de julio - Tarso
6 de julio - Capadocia
7 de julio - Konya
8 de julio - Pamukale, Hierápolis
9 de julio - Éfeso
10 de julio - Éfeso, casa de María
11 de julio - Estambul I
12 de julio - Estambul II

Primer Concilio de Constantinopla (381)

Para confirmar la verdadera fe de Nicea (325), para responder a las herejías postnicenas, sobre todo la apolinarista (que negaba que Cristo tuviera alma racional, es decir, disminuía la integridad de su naturaleza humana) y la macedoniana (que negaba que el Espíritu Santo fuera Dios), y también para nombrar un obispo ortodoxo para la ciudad imperial, el emperador Teodosio el Grande, de acuerdo con el co-emperador occidental Graciano, convocó en el año 381 en Constantinopla un concilio sólo para los obispos orientales. Entre los casi 150 participantes –fueron convocados también algunos obispos macedonianos que después se retiraron-, había teólogos eminentes como Gregorio de Nacianzo, Gregorio de Nisa, Cirilo de Jerusalén, Diodoro de Tarso. No nos han llegado las actas, y las noticias que tenemos nos llegan por los escritos de los historiadores Sócrates, Sozomeno y Teodoreto. Este último, por ejemplo, transmite una carta de los obispos reunidos en un sínodo en Constantinopla en el año 382 y dirigida al papa Dámaso y a los obispos occidentales, en la que se ofrece una síntesis de los acontecimientos y de las verdades de fe definidas contra los herejes. Por lo que se refiere a nuestro tema, los obispos reafirman: “no aceptamos [...] la asunción de una carne sin alma, sin inteligencia, imperfecta, puesto que sabemos que el Verbo Dios, perfecto antes de todos los siglos, se ha hecho perfecto hombre en los últimos tiempos por nuestra salvación”. En esta misma carta se llama ecuménico al sínodo celebrado en Constantinopla en el año 381. Esta calificación, en este contexto, pretende referirse con toda probabilidad solamente a la Iglesia de Oriente. El concilio de Calcedonia (451) extenderá a toda la Iglesia, oriental y occidental, el carácter ecuménico del concilio de Constantinopla del año 381, y su Credo, completando la definición dogmática de Nicea (325), es proclamado todos los domingos en las Eucaristías.

(Angelo Amato, Jesús es el Señor, p. 207-8)



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