5 de julio - Tarso
6 de julio - Capadocia
7 de julio - Konya
8 de julio - Pamukale, Hierápolis
9 de julio - Éfeso
10 de julio - Éfeso, casa de María
11 de julio - Estambul I
12 de julio - Estambul II

Hierápolis

Hierápolis, mencionada en Col 4, 13, se hallaba unos diez kilómetros al norte de Colosas, al otro lado del valle. La ciudad antigua se alzaba sobre una terraza por encima del nivel del valle. Ladera abajo corren las aguas de unas fuentes termales que, indudablemente, estarían consagradas a las viejas divinidades de la naturaleza. Aún son visibles dos teatros, el más pequeño del período helenístico y el mayor de época romana. Las ruinas de este último resultan verdaderamente impresionantes; aún están en su lugar los asientos, y el frente mide cerca de cien metros de ancho. Al costado occidental de la ciudad, junto al borde de la meseta, todavía se ven las ruinas de unas grandes termas, y junto a ellas, las del gimnasio. Al igual que otras ciudades helenísticas, se hallaba ésta partida en dos por una gran avenida porticada. A lo largo de ella pueden verse aún varias tumbas, mientras que a las afueras de la puerta norte ha sido localizado el cementerio. Según la tradición, Felipe el evangelista, del que se habla en Hechos 21, 8, pasó los últimos años de su vida en esta ciudad; una de las cuatro iglesias cristianas que en ella han aparecido había sido edificada en su honor. Así lo refiere una inscripción: “Eugenio el mínimo, archidiácono que está al cargo de la iglesia de el santo y glorioso apóstol y teólogo Felipe”. Quizá el cristiano más famoso de esta ciudad fue un individuo llamado Papías, autor de una Exposición de los oráculos del Señor, que nos es conocida a través de las citas de otros autores posteriores. Vivió a finales del siglo I d.C. y en el primer cuarto del siglo II d. C.; tenía especial interés en poner por escrito las tradiciones orales relativas a Jesús, que fue recogiendo de labios de “los ancianos” o padres de la comunidad cristiana.
En las tres ciudades del valle del Lico había numerosas e influyentes comunidades judías. Varias inscripciones de Hierápolis las mencionan, pero al correr del tiempo se fueron extinguiendo, probablemente absorbidas en su mayor parte por la Iglesia cristiana. Por esta y otras razones, el cristianismo de aquella zona presentaba ciertos rasgos peculiares, incluida la rígida observancia de las festividades judías y una mezcla del culto a los ángeles y prácticas ascéticas. En su Carta a los Colosenses advierte Pablo a la Iglesia de los peligros que todo ello entrañaba (Col 2).
(G. E. Wright, Arqueología bíblica, p. 490-1)

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