5 de julio - Tarso
6 de julio - Capadocia
7 de julio - Konya
8 de julio - Pamukale, Hierápolis
9 de julio - Éfeso
10 de julio - Éfeso, casa de María
11 de julio - Estambul I
12 de julio - Estambul II

Pablo de Tarso

Tarso era la urbe más importante de la fértil llanura de la Cilicia oriental. Estaba situada a orillas del río Cydno y a unos cuarenta kilómetros al sur de las Puertas Cilicias. Ya a finales del tercer milenio antes de Cristo Tarso era una ciudad fortificada con actividades comerciales. En el segundo milenio antes de Cristo se convirtió, según las fuentes hititas, en la ciudad más importante de Kizwatna, el nombre que entonces recibía Cilicia. Los pueblos del mar la arrasaron en torno al 1200 a. de C., pero no tardó en ser reconstruida. Durante los siglos siguientes continuó desempeñando un papel de primer orden aunque, eventualmente, cayó bajo el dominio asirio en el 833 a. de C. con Salmanasar III y en el 698 a. de C. con Senaquerib. Con posterioridad, y ya durante el Imperio persa, Tarso fue, primero, la capital de un reino cilente y, con posterioridad, la de la satrapía de Cilicia.
El afán por la cultura que sentían los ciudadanos de Tarso venía facilitado por algunas circunstancias económicas no desdeñables. En primer lugar se encontraba esa menor presión fiscal que se debió a una decisión personal de Octavio Augusto. En segundo lugar –y no menos importante- estaba su capacidad para el comercio. La llanura en la que se asentaba Tarso era muy fértil, pero además la ciudad explotaba industrialmente un tejido especial realizado a partir del pelo de cabra y que los romanos denominaron cilicium. Ese cilicio, cuyo nombre derivaba, obviamente, de la región en la que estaba situada Tarso, era un material extraordinariamente resistente a la humedad y el frío.
Todos estos datos nos permiten captar algunas de las circunstancias en medio de las que nació Saulo. Ciertamente, había visto la primera luz en una ciudad “de no escasa importancia”, pero sabemos además que era ciudadano romano, lo que indica que su familia pertenecía a un estamento acomodado de Tarso. Precisamente, la norma promulgada por Atenodoro pretendía que la ciudad estuviera gobernada únicamente por gente de ciertos medios económicos, lo que debía garantizar una moderación en el ejercicio del poder político y una ausencia de inestabilidad creada por agitadores que utilizaran la demagogia para manipular a las masas. Entre esa gente se encontraba la familia de Pablo de Tarso.
La manera en que pudo haber alcanzado ese estatus no resulta difícil de establecer. El libro de los Hechos señala que Pablo era un skenopoios, una expresión que suele traducirse habitualmente por fabricante de tiendas y que, con seguridad, hace referencia a su relación con la elaboración del cilicio, un material utilizado también para ese menester.
El final de Pedro y de Pablo sería diferente, siquiera porque distinta era su condición social. El primero no pasaba de ser un humilde judío; el segundo era además un ciudadano romano. Resulta, pues, muy verosímil la tradición que indica que Pedro fue crucificado, como décadas antes lo había sido su maestro, el judío Jesús. Pablo, por su parte, debió de abandonar la prisión Mamertina sujeto a un guardia mediante una cadena y custodiado por algunos pretorianos. De esta forma, atravesó las calles de Roma y salió por la puerta que conducía a la Vía Ostiense. Debió pasar así ante la pirámide de Cayo Cestio, pretor y tribuno de la plebe muerto el año 12 d. de C. Eso era todo lo que quedaba de aquel hombre desprovisto de la esperanza que alentaba en el corazón de Pablo.
El grupo llegó finalmente a Acquas Salvias, ahora Tre Fontane, una región pantanosa e insalubre situada cerca de la tercera milla de la Vía Ostiense. Allí Pablo fue flagelado, un castigo del que su condición de ciudadano romano no podía ya librarlo. Se trataba de un trance terrible, agudizado por la avanzada edad del reo, más que sexagenario. Finalmente, se lo sujetó a una columna rematada de tal forma que en ella pudiera apoyar la cabeza un condenado. Acto seguido, tras recibir la orden del lictor, el verdugo descargó el hacha sobre el cuello de Pablo. Las palabras que muy poco antes había escrito a su colaborador Timoteo hubieran podido constituir su mejor epitafio: ‘He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me aguarda la corona de justicia, que me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida. (2Tim 4, 7-8)’”
(C. Vidal, Pablo, el judío de Tarso, p. 21-25. 359-360)

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